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El mito de Atalanta Pedro A. Hernández
La psicología del siglo XX, en especial la Junguiana se ha basado firmemente en las deidades antiguas para explicar el comportamiento humano. Todos los comportamientos humanos pueden ser encontrados en la mitología griega; cuando encontramos su significado simbólico muchos aspectos escondidos de la personalidad se nos revelan. El fenómeno arquetípico tiene su antecedente ancestral en la mitología hindú. De ahí pasa a la etrusca y a la griega. Son los griegos quienes detallan extensamente las conductas de las deidades. Para los estudiosos de la mitología es muy claro que Dionisio es el mismo Shiva y que Atenea es Saraswati. Cupido tienen su antecedente indio en el Dios Kama, quien tenía un carcaj de flechas que disparaba a los humanos para despertar el amor exacerbado. La Dra. Jean Shinoda, psicoanalista junguiana sugiere una bella historia sobre el mito de Atalanta y con la que seguramente muchas mujeres se identificarán. Si eres mujer y estás en una encrucijada entre seguir subiendo por la escalera ejecutiva o decidir volverte esposa y madre pues estás en la mejor etapa biológica, verás que Atalanta se enfrentó al mismo dilema en la mitología griega. Atalanta fue una heroína cuyo valor y capacidades como cazadora y corredora de fondo eran similares a las de cualquier hombre. Había sido abandonada en la cumbre de una montaña cuando nació pues su padre solamente quería hijos varones. Fue criada y amamantada por una osa, hasta que fue encontrada por unos cazadores que la cuidaron hasta convertirse en una hermosa mujer. Atalanta consagró su vida a Artemisa, la diosa de la cacería; por lo cual debía permanecer virgen. Muchos pretendientes llegaron a aquella montaña a pedir su mano, pero ella los rechazó a todos. Cuando surgió el clamor popular de que escogiera entre los más valerosos, ella dijo que se casaría con aquel hombre que pudiera vencerla en una carrera a pie. Si no lograba vencerla perdería entonces la vida. Se fue celebrando carrera tras carrera y Atalanta siempre ganaba. Finalmente el nada atlético Hipómenes, que la amaba verdaderamente desde hacía años decidió participar en la carrera aunque probablemente le fuera la vida en ello. La noche anterior a la carrera pidió ayuda a Afrodita, diosa del amor. Ésta oyó su plegaria y le dio tres manzanas de oro para que las fuera utilizando en la carrera.
Muchas mujeres activas no son conscientes del paso del tiempo hasta un momento preciso en la mitad de su vida, cuando se desvanecen los desafíos de la competición o la persecución de metas. Entonces es cuando se dan cuenta de que no son la eterna juventud y reflexionan sobre el curso que llevan sus vidas y a dónde las están llevando.
El instinto de procreación calma a muchas mujeres activas, centradas en la consecución de objetivos, en los años anteriores a los cuarenta. Muchas veces las mujeres orientadas exclusivamente a una profesión las sorprende la urgencia imperiosa de tener un hijo. Esta tercera manzana también representa algo diferente a la creatividad biológica. La consecución de objetivos quizá se vuelva menos importante después de la mitad de la vida. En su lugar la capacidad de procrear se dirige a transformar la experiencia en alguna forma de expresión personal. Si el conocimiento del amor llega a través de otra persona, entonces la unilateralidad de la mujer tipo Atalanta, por mucho que haya sido satisfactoria, tal vez dé paso a la posibilidad de la totalidad. Puede volverse hacia dentro para reflexionar sobre lo que es importante para ella, y estar orientada hacia el interior lo mismo que enfocada hacia el exterior. Se vuelve consciente de tener necesidades de intimidad como de independencia. Una vez que reconoce el amor, ella como Atalanta, tendrá momentos en los que deberá decidir qué es lo más importante para sí misma. Adaptado de: Las Diosas de cada Mujer - Jean Shinoda Bolen
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